A lo largo de mi vida, un tema al que recurrentemente vuelvo, es sobre  mi ser mujer y nuestra  situación  como mujeres en la sociedad.  Desde la adolescencia me cuestionaba sobre estos temas, a la par de sentir cierto malestar o disgusto por ser mujer o por ser tratada como mujer en un contexto cultural en el que se esperaba ciertas cosas –muy definidas y limitantes- de nosotras.

Mucho de mi malestar provenía de escuchar a mi padre devaluar a las mujeres embarazadas. Le parecía desagradable que las mujeres encinta tuvieran momentos de reposo o descanso, que  estuvieran, en sus palabras, “sin hacer nada”, solo esperando… La pasividad le molestaba a mi papá, representaba para él un gran problema.

Mi padre fue portavoz de lo que una gran mayoría de personas cree, él reflejaba los valores de nuestra sociedad. De él aprendí que la pasividad es “mala”, que no es útil, ni eficaz en este mundo utilitarista. Que la espera o el descanso no es buena, que siempre hay que mantenerse ocupado u ocupada.

A lo largo de mis cuestionamientos sobre mi ser mujer, y contando los años de socialización o de entrenamiento cultural en esta sociedad que rechaza, subvalora y a veces, odia lo femenino, después de haber vivido tanto tiempo con las ideas de mi padre, que terminaron siendo las mías, me encontré con la psicología, la psicología social  y sus diversas corrientes; con la teoría de género o feminista y con algunos caminos de crecimiento espiritual.  

El día de hoy, a partir de esta formación y de la información que de diversas fuentes he ido integrando en mi vida, me gestiono de la siguiente manera: Las luchas a lo largo de la historia de muchas mujeres y varones por los derechos de las mujeres son válidas. Sólo se pide lo que muchos grupos de personas solicitan como mínimo por haber nacido humano. Acceso a la educación, a la salud, a la justicia, al trabajo digno, en fin, lo mismo que solicitaban en el pasado personas de color y grupos de obreros en todo el mundo.

La demanda del feminismo,  es que a las personas nacidas mujer, no se les niegue lo elemental y digno, no se les trate como personas de segunda categoría o se les nutra o eduque con las sobras de la humanidad. Que no se les trate como inferiores.

 Éstas son peticiones irrebatibles e incuestionables. No hay argumento válido, coherente, lógico o humano que pueda debatir estas peticiones. Sin embargo, todavía hay quienes se aferran a la visión de que todo lo relacionado a las mujeres o lo que concebimos como femenino, es inferior y merecen un trato de segunda.

Desafortunadamente, esta visión nos daña a hombres, mujeres, niñas, niños, indígenas, personas adultas mayores, pobres y ricos, en resumen a la humanidad entera.

Llevamos un tiempo como sociedad devaluando la pasividad, la espera, la confianza, la entrega, la rendición, la sensibilidad y la emoción. Subvalorando o  devaluando todo lo relacionado a lo femenino y a las mujeres. Por otro lado,  sobrevalorando o sobredimensionando lo masculino.

Esta devaluación nos lastima como humanidad, ya que hay dos principios fundamentales para la vida (el femenino y el masculino), para que pueda darse cualquier proceso vital, social, universal.

Estos principios se encuentran en cualquier expresión de vida. El  principio masculino, se caracteriza por el esfuerzo, la determinación, la firmeza, el intelecto, la autoresponsabilidad, la disciplina, la visión global. El otro, el femenino, caracterizado por la espera, la paciencia, la suavidad, la nutrición y el cuidado.

La consecuencia de  devaluar el principio femenino, es el exceso de actividad, de exigencia (estrés), de uso de la fuerza (violencia). También la falta de cuidado de otros seres humanos, la falta de cuidado del medio ambiente, las muertes innecesarias, lo que ya vemos actualmente.

También hemos pensado erróneamente que lo femenino sólo se encuentra en las mujeres, y que lo masculino únicamente lo pueden desarrollar y expresar los varones.

Hemos pensado que estos principios son totalmente distintos, que no tienen puntos de encuentro, que son mundos irreconciliables.

En realidad,  ambos principios son caras de una misma moneda, están presentes en la vida humana, en la naturaleza y sus procesos. Se encuentran en todos los seres humanos; hombres y mujeres.

Apoyadas en esta información, podemos hacer consciencia de las confusiones que tenemos respecto a la feminidad y masculinidad, pues ambas energías o principios forman parte de nuestra naturaleza como seres humanos.

Podemos empezar por reconocer ambos principios en nuestro entorno y luego dirigir nuestra mirada hacia dentro, reconocer lo femenino en nosotras, nosotros.

Reconciliarnos con nuestra emocionalidad, pasividad, entrega y sensibilidad; con nuestra sabiduría interna.

Al mirar hacia fuera, es importante observar como estos principios son complementarios y forman parte de la naturaleza.

Sin la fertilidad de la tierra, la abundancia de alimentos (frutos, semillas, flores), la diversidad de climas o sin agua en el planeta,  no sería posible nuestra existencia.

Sólo siendo conscientes de este estado de totalidad y complementariedad, es que  lograremos reconciliarnos nosotras, nosotros y con nuestro entorno, con la naturaleza y crear una conciencia de cuidado.

También habrá que encontrar un equilibrio con nuestro principio masculino, le hemos dado tanta fuerza que lo sobredimensionamos, lo vemos excesivamente grande y poderoso.

El poder otorgado nos intimida hasta el punto de sentirlo  violento. Nos parece algo externo y atemorizante.

Al conectar con esta energía (la masculina) sin distorsionarla,  podremos también conectar con su belleza y potencia, que entre otras cosas nos ofrece, fuerza sin agresividad, actividad sin impaciencia y voluntad sin imposición.

¡Qué tarea! ¿Cierto? En un principio podría parecer abrumador, pero no lo es.

Desde una cultura masculinizada nos han acostumbrado a la inmediatez y a que las soluciones surjan individualmente y no desde el colectivo.

Esto es un proceso de crecimiento, y cada proceso tiene sus ritmos, sus tiempos y sus ciclos; como en la naturaleza. Al integrar ambas energías  dejaremos de estar mutilados y carentes.

Te invito a observar cómo se relacionan los principios masculino y femenino en ti, en tu vida y en tus relaciones.

Después de descubrir cómo y desde donde te relacionas con la masculinidad y la feminidad.Te será más fácil empezar a integrarlos y asignarles el valor que merecen en tu vida.

Con cariño
Lorena Robles Brena

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