Las relaciones humanas, al ser un encuentro entre personas con diferentes historias de vida, formas de ver y entender el mundo, incluso, provenientes de contextos y culturas distintas, resultan, de primera instancia, complicadas. Sin embargo, al ser animales gregarios, necesitamos de forma biológica y social mantenernos en manada.  Es decir, los seres humanos entablamos relaciones sociales para asegurar nuestra subsistencia como especie.

Una de las formas de relacionarnos que más complica la vida de las o los involucrados es, sin duda, las relaciones de pareja. Especialmente para las mujeres, sigue leyendo para descubrir el motivo. Para entender mejor el origen de estas complicaciones es necesario entender la forma en que somos educados, y como esta educación es distinta para mujeres y hombres.

En el caso de las mujeres, se nos educa para desempeñarnos eficazmente en el ámbito privado,  reproductivo y doméstico. Se nos capacita en habilidades físicas, mentales y emocionales para el cuidado del hogar, de hijos e hijas. Así como para el cuidado de personas enfermas o ancianas. También, se pone especial interés en temas de cuidado y arreglo personal, y conectar con otras personas a través de la intimidad, el compromiso y el apego afectuoso.

Asimismo, se nos enseña que las relaciones de pareja son prioritarias;  lo que da sentido a nuestras vidas.  Por tanto, para las mujeres, no estar en pareja, o transitar una pelea o ruptura, puede impactar directamente en los demás roles, ámbitos y facetas la vida cotidiana.

Incluso, en ocasiones, una mujer puede ser exitosa o desempeñarse muy bien en lo laboral, familiar y/o social, pero si su relación de pareja no funciona, los logros alcanzados en estos otros ámbitos de su vida, pueden quedar eclipsados.

También, desde estas relaciones poco sanas, se puede generar dependencia emocional o rivalidad entre mujeres.

Aunque estas afirmaciones pueda parecer exageradas, basta una mínima revisión al tipo de educación y adoctrinamiento que las mujeres recibimos para comprobarlo. Por ejemplo, el papel que se le da al príncipe azul en los cuentos populares que nos cuentan desde niñas, por ejemplo: La cenicienta, Blanca Nieves, La bella durmiente, entre otros. O las revistas femeninas  para mujeres adolescentes y adultas que nos dan información y tips para complacer a los varones.

Por otra parte, a los hombres se les impulsa y promueve para el desarrollo en el ámbito público y productivo. Se les entrena en habilidades para el trabajo remunerado; la política, la ciencia, la milicia y todas las actividades que se realicen fuera de casa.  Sus prioridades están centradas habitualmente, en el desarrollo profesional y/o laboral, en el desarrollo personal, la recreación, la socialización, el reconocimiento y convivencia con otros varones.

Su educación promueve la competitividad, la atención a argumentos racionales, la rudeza afectiva, el desapego y la agresividad banalizada, entre muchas otras cosas.

En el ámbito  de las relaciones amorosas, a los hombres se les ha motivado a desarrollar roles de iniciativa, mando y control, mientras que a las mujeres roles de apego, cuidado y espera. Generalmente se les adoctrina para que los malestares derivados de la relación de pareja no interfieran con sus demás  proyectos, pues este tipo de relaciones no son prioritarias. Lo anterior no quiere decir que los varones no sufran las rupturas y desencuentros amorosos, simplemente lo viven de manera diferente.

Esta educación diferenciada por sexo, tiene múltiples consecuencias en las vidas de las personas. En el caso de las relaciones entre hombres y mujeres, la consecuencia es un choque de culturas. Cuando hay un encuentro entre un hombre y una mujer, parece que viniéramos de dos países o incluso, dos planetas diferentes; con prioridades, proyectos de vida y formas de pensar y sentir totalmente ajenos unos de otros.

Hombres y mujeres no estamos encontrando lo que buscamos en una relación de pareja, en la mayoría de casos debido a las creencias y normas con las que se no ha educado según nuestro sexo de nacimiento.

La buena noticia es que se ha comprobado de muchas maneras que estas creencias, normas y mandatos para hombres y mujeres no están determinadas biológicamente. Así que, como todo  lo que se es aprendido, existe la posibilidad de ser cambiado.   Los cambios son un proceso, no es una acción automática. Requieren, primero, de un cambio de conciencia, una inversión de tiempo y esfuerzo, así como cuidado y constancia.

La otra buena noticia es que la reflexión y cambio de los roles sexuales tradicionales es un camino que nos lleva al desarrollo personal y bienestar.

Así que iniciemos hoy a revisar  nuestras creencias sobre mujeres y varones, cómo nos estamos relacionando con otras mujeres y con los varones en nuestras vidas. Revisemos nuestra relación con nosotras mismas, que nos exigimos, como nos tratamos y qué esperamos de una relación de pareja. Empecemos a separar nuestros ámbitos de acción y desarrollo, para ser más felices.

Gracias por continuar leyendo Nosotras Libres, es un placer compartir temas que nos ayuden a transitar nuestras vidas de forma más plena y feliz. Las invitamos a dejar sus preguntas o comentarios debajo de éste artículo. Gracias.

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